"Ante la soledad tenemos que empoderar a las personas”, J. Yanguas

Javier Yanguas

La soledad de las personas mayores es un tema complejo. Actualmente está al orden del día tanto de la agenda política como mediática, pero ¿realmente estamos haciendo las cosas bien? Javier Yanguas, Director Científico del Programa de Personas Mayores de la “Fundación la Caixa” y presidente -hasta el pasado mes de Junio- de la Sección de Ciencias Sociales y del Comportamiento de la International Association of Gerontology And Geriatrics for the European Region (IAGG-EU) analiza la situación actual y propone formas para mejorarla y así poder paliar, en la medida de lo posible, la soledad. Yanguas es doctor en Psicología Biológica y de la Salud por la Universidad Autónoma de Madrid, entre otras. Ha ejercido como Técnico de Innovación en intervenciones en el Centro Gerontológico Egogain (1989-1999) y ha dirigido el Máster de Gerontología Psicosocial en la Universidad del País Vasco (1996-2000). Asimismo, ha sido director de I+D de la Fundación Matia y Director de Matia Instituto Gerontológico entre 1998 y el 2017. Es experto a nivel internacional en nuevos modelos de atención a personas mayores.

Consideramos personas mayores a aquellas que tienen 65 años o más, pero esta clasificación no responde a la realidad e influye en el diseño de servicios y recursos. ¿Cómo crees que deberíamos reconsiderar este tema? 
 
Aparte de que vivimos más años y estamos en mejores condiciones, lo que está pasando fundamentalmente es que el ciclo vital está cambiando. En general, somos niños durante más tiempo (excepto, probablemente, en casos de exclusión social), adolescentes más tiempo y jóvenes más tiempo, pero los 65 años se mantienen como el hito de entrada en la vejez y eso, quizá, no se corresponde demasiado con la realidad. Muchas personas que tienen 65 años hoy en día ni se ven como mayores ni se sienten mayores. En gerontología, históricamente, la vejez se asociaba a todo lo que tenía que ver con el declive, con las pérdidas. Pero hoy, muchas personas de 70 años sienten que su ciclo madurativo no ha terminado; para ellos la vejez es una etapa de crecimiento y desarrollo personal. Ahora, cuando cumplimos 65 años, podemos tener por delante dos o tres décadas y esto es mucho tiempo, el mismo que entre los 0 y los 20 ó 30 años. 
Según algunos demógrafos, la vejez debería de tener un umbral de entrada móvil con relación a la esperanza de vida: la entrada podría ser “x años menos” que la esperanza de vida media de tu generación. Además, en eso que llamamos “vejez”, nos encontramos con realidades muy diferentes: desde personas que se conciben más desde la adultez, hasta nonagenarios y centenarios con características muy distintas a los anteriores, en realidad son “hijos y padres”, aunque no hay que olvidar que en eso que llamamos vejez también hay fragilidad y dependencia.

Aparte de que vivimos más años y estamos en mejores condiciones, lo que está pasando fundamentalmente es que el ciclo vital está cambiando.

Creemos que existen muchos estereotipos sobre la población mayor que no se corresponden con la realidad y queremos que nos ayudes a construir una imagen alternativa. ¿Cómo es la población mayor de hoy en día?

Si algo caracteriza la vejez como etapa es su complejidad y heterogeneidad. Hay una creencia muy frecuente que defiende que a partir de la jubilación, con la entrada de la vejez, el ser humano está plenamente desarrollado (“acabado” de construir, por decirlo así) y a partir de ahí, viene el declive. El desarrollo humano, desde una perspectiva psicológica, dura mientras siguen produciéndose transacciones entre el organismo biológico y el contexto sociocultural. Lo que ocurre es que en esa dinámica -que se da a lo largo de la vida-, hay pérdidas y ganancias. A mi me molesta profundamente que no se reconozca la vejez tal y como es. A veces se margina a las personas por tener una edad determinada o ciertos déficits; otras veces, parece que buscamos el “don de la eterna adultez” ensalzando comportamientos típicos de adultos y jóvenes, con un mensaje subliminal: un “buen envejecimiento” es ser adulto y no viejo. 

Yo reivindico una mirada de la vejez libre de estos condicionamientos, ni “vejez es igual a decrepitud y dependencia”, ni tampoco es “la búsqueda de la eterna adultez”. Hay que recoger de verdad lo que es esta etapa de la vida, donde hay pérdidas y ganancias. Probablemente la vejez es la etapa donde más heterogeneidad existe dentro del ciclo vital. Hay personas en excelentes condiciones de salud, personas con fragilidad y dependencia; distintas generaciones (casi padres e hijos); cuidadores y cuidados...

Si algo caracteriza la vejez como etapa es su complejidad y heterogeneidad.

La soledad se ha puesto de moda. Ha pasado de ser un tema reservado a la esfera de intimidad de la persona para entrar en la agenda social y política. ¿Qué ha sucedido?

Ya sabíamos desde la década de los 80 y 90 que el buen funcionamiento social genera salud. Numerosos estudios así lo indican. Por ejemplo, el estudio longitudinal de Harvard  que empezó en los años 30 del siglo pasado, estableció sin atisbo de duda la contribución de las relaciones sociales a una vejez libre de discapacidad y el hecho que la soledad “mata”.  Lo que a mi me parece que ha sucedido en los últimos años es que los cambios demográficos, los cambios en los modos de vida y convivencia, la globalización, el paso de sociedades más “comunitarias” a sociedades más individualistas, etc. cambios que se venían labrando desde hace mucho de manera sigilosa, han encontrado eco en una sociedad cuya “liquidez” (por decirlo en términos que utilizaba Bauman) no gusta. Sin embargo, en esta cuestión de que la soledad se ha puesto de moda, tengo alguna reserva: hemos pasado de que la soledad no existiera a que todo parezca ser soledad. De no prestarle atención a ser la epidemia del siglo XXI. Creo que tenemos que centrarnos y ser rigurosos; asumir la complejidad de la soledad y no pensar que todo es soledad no vaya a ser que dejemos de intervenir en otras áreas. 

Theresa May creó un Ministerio para abordar la soledad en Reino Unido. Hace unos días, la secretaria de estado Ana Lima anunciaba la puesta en marcha de un plan global contra la soledad no deseada en España. ¿Crees que es necesaria una estrategia nacional en nuestro país? ¿Cuál debe ser la implicación de las Administraciones Públicas?
 
Yo creo que lo que sucedió en el Reino Unido a la hora de gestarse la campaña END LONELINESS fue un proceso muy distinto, con el trabajo en el parlamento, la comisión, investigación, etc. Un buen ejemplo a estudiar, sin duda.

Yo no soy político y por lo tanto me cuesta opinar sobre la necesidad o no de una estrategia nacional y la oportunidad de un posible ministerio de la soledad. Lo que sí creo es que la soledad debe abordarse desde lo cercano a las personas, desde lo próximo, desde lo cotidiano, teniendo en cuenta las diferencias e idiosincrasia propia de cada ser humano y de su comunidad. Para mi hay tres cuestiones principales: sensibilizar a la ciudadanía, construir redes comunitarias de apoyo y cuidado, y empoderar personas para hacer frente a la soledad. Una última cuestión: el reverso de la soledad no es la “no soledad”, sino que tengas un buen funcionamiento social, que es donde están los beneficios personales y sociales. Este debe de ser el objetivo: recuperar un buen funcionamiento social

Hay tres cuestiones principales: sensibilizar a la ciudadanía, construir redes comunitarias de apoyo y cuidado, y empoderar personas para hacer frente a la soledad.

¿La soledad afecta más a hombres o mujeres? Algunos estudios apuntan que los hombres están más solos, pero no hay un consenso académico. 

No hay consenso. La evidencia es dispar. Además, parece ser que los resultados también dependen de las muestras incluidas en los estudios, de la metodología, especialmente del tipo de instrumentos que se utilizan para su evaluación: parece ser que cuando se pregunta directamente sobre la soledad las mujeres obtienen puntuaciones más altas que los hombres; y cuando son preguntas más indirectas estas diferencias se anulan e incluso algunos estudios hablan de más soledad en hombres que en mujeres. En el Programa de Personas Mayores de la Fundación Bancaria “la Caixa” hemos realizado un estudio que daremos a conocer próximamente, con una muestra de 15.000 personas mayores de 60 años que acuden a centros de mayores de todo el estado; y uno de los resultados que está aflorando que creo que tiene interés, no es tanto si hay más soledad en hombres o en mujeres, sino conocer si existen diferencias en la manera de vivir la soledad según el género. En este sentido los resultados apuntan a que la soledad puede ser más compleja (con más matices) en las mujeres que en los hombres. En los hombres se trata de una soledad con carácter más “social” y en las mujeres con un tinte más de “soledad emocional”. Además, también parece ser que la soledad se experimenta de distintas maneras según la edad. Esto nos lleva a la necesidad ineludible de pensar en intervenciones diferenciadas y en aumentar la complejidad de las intervenciones ante una soledad que es diversa en sí misma.

La exclusión social genera soledad y a la vez la soledad no excluye a nadie.

¿Qué debemos tener en cuenta para intervenir en soledad no deseada?

Creo que tenemos que hacer un esfuerzo por facilitar que las personas se empoderen. Lo que te hace libre de la soledad no es que no la sientas, o demandar “compañía” si es lo que uno echa en falta. Lo suyo sería que facilitemos herramientas a las personas para poder  gestionarla y darle la vuelta o al menos poder convivir lo mejor posible con ella. Como antes señalábamos, son necesarios tres niveles de intervención: a) las personas; b) lo comunitario; y c) la sensibilización ciudadana.

Numerosos estudios apuntan que hay una relación entre nivel de estudios, pobreza y sentimiento de soledad: a menor formación y recursos, más soledad no deseada. Sin embargo nuestra experiencia acompañando nos demuestra que la soledad es transversal e independiente al nivel de ingresos y formación. ¿Qué opinas?

La exclusión social genera soledad y a la vez la soledad no excluye a nadie. Cristina Victor, una de las mayores expertas en soledad, plantea un modelo de soledad donde habla de variables internas al individuo (intrapersonales, como la personalidad, cognición, afectos…) y externas al individuo (la presencia o no de servicios, los aspectos económicos, de vivienda...) que pueden ser grandes generadores o “mantenedores” de las situaciones de soledad. A mi me gusta esta comprensión transversal de la soledad, en la que no se banaliza.

Activar la comunidad no es tan sencillo, hacer un buen proyecto comunitario no es juntarse a tomar un café y ya está.

La mejor forma de prevenir la soledad es creando barrios y comunidades más atentas, preocupados, cercanas y “seguras” donde las personas mayores se sientan menos vulnerables. ¿Qué iniciativas crees que debemos llevar a cabo en nuestras ciudades?  

Un previo. Estoy totalmente de acuerdo pero haría énfasis en que además de “hacer comunidad” es imprescindible dotar a las personas de los recursos necesarios para gestionar su soledad y sensibilizar a la ciudadanía. En una de las encuestas que realizamos en el Programa de Mayores de la Caixa a personas entre los 20 años y los 90 y tantos les preguntamos sobre distintos aspectos de la soledad. Les pedimos que valoraran la importancia de la soledad como problema social. Sobre 10, la soledad les preocupaba un 7 y, específicamente en los mayores, un 9 sobre 10. Cuando les preguntábamos si conocían a muchas personas en situación de soledad, 0 a nadie, 10 a muchísimas, la nota era un 3,4. Así que por un lado decimos que la soledad es un problema muy importante, especialmente en las personas mayores, pero no conocemos a nadie. ¿Por qué? Porque se esconde, se vive en silencio, se disfraza y se estigmatiza. Tenemos que empezar a no emitir juicios sobre los que se han quedado solos,  no juzgar el porqué de la soledad sin conocer las causas, debemos asumir que la soledad es algo que nos puede acompañar a todos, sino nos acompaña de facto. 

Dicho esto y respondiendo a tu pregunta, activar la comunidad es establecer lazos de cuidado y ayuda entre las personas, compartir proyectos, colaborar en un fin común… ¿Posibilidades? Infinitas. En Inglaterra hay un proyecto que me llamó la atención en el que personas mayores que viven solas hacen la comida a estudiantes de universidad, que van haciendo footing a buscarla y que tienen que estar un rato hablando con la persona mayor. Los estudiantes comen estupendamente y hacen deporte, los mayores solos trabajan para alguien. Así, el vínculo es fácil que surja. Esto puede ser un ejemplo, pero hay miles. Activar la comunidad es poner en marcha iniciativas de interés común y compartido. Dicho el ejemplo anterior, otra cuestión que me inquieta: activar la comunidad no es tan sencillo, hacer un buen proyecto comunitario no es juntarse a tomar un café y ya está (no digo que no sea una buena idea tomar un café o preparar comida para otros). Creo que hablamos de “hacer comunidad” con facilidad, sin entender, a veces, que la intervención comunitaria necesita rigor, instrumentos y mucho conocimiento. Me da miedo que se esté trivializando lo que es la comunidad y lo comunitario.

Las tecnologías nos pueden ayudar enormemente porque nos facilitan la conexión, pero no deben de marcarnos las pautas de una relación, no tienen que dirigir nuestro comportamiento en una relación.

¿Cuál debe ser el papel de las nuevas tecnologías para abordar el reto de la soledad?

Las tecnologías son una posibilidad maravillosa, pero en términos de relaciones son un medio y no un fin. El problema es que nos confundimos y a veces elevamos los medios a la categoría de fines. Creemos que por tener 3.000 seguidores en Instagram tenemos 3.000 amigos. En las relaciones sociales uno necesita “rozarse” con el otro, que cuando necesites ayuda, por expresarlo así, “te estrechen la mano” (multidimensionalmente, es decir, afecto, escucha, ayuda instrumental…). Las redes sociales, a veces, banalizan el significado profundo de las relaciones. Las relaciones sociales tienen, como es evidente, mucho de positivo como el afecto, la ayuda, la comprensión, la confianza; pero también negativas, nos frustramos, nos decepcionamos, nos enfadamos… Las redes sociales  nos “prometen” lo bueno, sin lo malo, nos ofrecen relaciones donde la mutualidad y el compromiso no son necesarios. Te enfadas con alguien o no te apetece estar con ella o con él y le bloqueas por WhatsApp, por ejemplificarlo así. Queremos lo deseable, sin asumir lo que incomoda. Las relaciones sociales son compromiso y mutualidad y no debemos olvidar esto. Dicho todo lo anterior, las tecnologías nos pueden ayudar enormemente porque nos facilitan la conexión, pero no deben de marcarnos las pautas de una relación, no tienen que dirigir nuestro comportamiento en una relación y debemos de estar atentos a ello.  Lo fácil no es siempre lo mejor. Tenemos que compartir tiempos e invertir en relaciones.

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